Тысячи марокканцев оказались в бедственном положении в Испании


Текст: Иван Вишневский / После того, как урожай был убран и более семи тысяч сезонных рабочих из Марокко собрались домой, оказалось, что их страна закрыла границы для обуздания распространения коронавируса.

Сезонные рабочие из Марокко, большинство из которых женщины, прибыли в Испанию для сбора фруктов в марте. Окончив работу в мае и отправив заработки домой семьям, они оказались в ловушке, сообщает CNN. Практически без денег 7200 человек оказались в южной испанской провинции Уэльва. Группы женщин, работавших на одной из ферм, устраивают акции протеста с просьбой к королю Мухаммеду VI разобраться с проблемой и помочь им вернуться домой.

Министерство иностранных дел Марокко заявило, что границы страны вновь откроются для граждан и жителей с 14 июля. Однако на сегодня известно, что паромные переправы в Марокко планируются исключительно из французского порта Сета и итальянской Генуи, которые находятся на расстоянии более 1000 км от испанской провинции Уэльва. Пассажиры этих паромов также должны будут пройти тест на коронавирус, результаты которого станут известны лишь через 48 часов, и соблюдать строгие гигиенические меры, которые пока не определены.

Практически у всех марокканских женщин, убиравших урожай в Испании, нет денег на поездки или перелеты в далекие порты и на тестирование. В настоящее время продовольствие марокканцам предоставляют власти испанских регионов, но в большинстве случаев они зависят от благотворительности своего работодателя, где проживают во временных строениях.

В 2001 году Испания и Марокко подписали соглашение, предоставляющее сезонным рабочим временные визы для сбора фруктов в Испании. В нынешнем году правительство Испании продлило вид на жительство для сезонных рабочих до конца сентября, но сейчас хотели бы, чтобы марокканцы вернулись домой.

Sin trabajo, semiesclavas y atrapadas en España: la dura situación de las temporeras marroquíes en Huelva
Las condiciones de vida de las trabajadoras del fruto rojo en Huelva son, más allá de la pandemia, la consecuencia directa de un modelo de precariedad destinado a perpetuar condiciones de vulneración laboral y sanitaria.
Nuestra labor de investigación es esencial para destapar realidades ocultas. Sólo con información contrastada y fiable es posible construir una sociedad más justa y democrática, y defender tus derechos.
Se acaba la temporada de la fresa en Huelva. Los campos, repartidos de norte a sur por toda la geografía onubense, reposan y se vacían poco a poco del bullicio de unos meses frenéticos. Desde principios de junio, como cada año, miles de temporeros recogen sus pocas pertenencias y se marchan con destino a nuevos cultivos que precisan de mano de obra igualmente dedicada y sufrida.
Otros cientos regresan a sus hogares en una caravana eminentemente femenina porque a las temporeras, además de ganar un jornal, les espera a menudo la dura tarea de criar a los hijos que dejaron atrás y la de cuidar a unos padres que las necesitan.
Este año el coronavirus ha cambiado radicalmente ese paisaje. El cierre de fronteras ha impedido que lleguen hasta doce mil trabajadores menos de los seleccionados inicialmente y que apenas un 10% hayan podido incorporarse a otras cosechas como ocurre cada año con las 3.000 hectáreas del arándano onubense. Pero las consecuencias del bloqueo van más allá del problema de mano de obra. Hacinadas en viviendas propiedad de los empresarios freseros y sin la correcta atención sanitaria, apenas siete jornaleras han podido regresar a sus países de origen.
Las temporeras marroquíes son el fiel reflejo de este drama humano. Éste año son más de 7.200 las que han permitido levantar una cosecha que nació condenada cuando los contagios por coronavirus comenzaron a multiplicarse en España. Llegaron como profesionales de la recogida del fruto rojo más preciado y ahora son solo mujeres atrapadas en un país que no es el suyo, sin trabajo y lejos de su hogar y de sus familias, para quienes a menudo son el único sustento.
Kala [nombre ficticio] trabaja desde hace seis años en uno de los muchos cultivos que actualmente pueblan la mancomunidad de Islantilla, al suroeste de la provincia. Aunque es reacia a hablar con cualquier medio, ha decidido hacer una excepción con Público. La joven marroquí teme las posibles represalias de sus patrones y nos pide con mucha insistencia que no la grabemos: «No quiero problemas con nadie», insiste con voz temblorosa pero firme, «tengo compañeras que un día hablaron y ya no pudieron volver. No quiero que me pase lo mismo», explica.
El recelo y la situación de Kala son demasiado frecuentes en los campos onubenses. Kala, natural de Tanger, es la imagen de la desesperanza: «Otros años he estado también en la campaña de la nectarina y el melocotón, pero desde que tuve a mis hijos llevo seis años acudiendo solo a la fresa», explica. El dato no es baladí. El 90% de las temporeras contratadas en origen tienen hijos a cargo en dicho país. Las empresas agrícolas suelen escoger este tipo de perfiles porque evitan problemas a la hora de la repatriación. «Si tienen cargas familiares estas mujeres no pondrán problemas para regresar» reconoce Laura Limón desde el movimiento feminista Mujeres 24 horas.
«Ahora necesito volver a casa», explica angustiada. «Mis hijos viven con su abuela pero no puedo tenerlos allí durante más tiempo». Mientras las fronteras entre Andalucía y Rabat se mantienen cerradas, Kala y el resto de sus compañeras viven en un limbo laboral y social: «Es como si no existiéramos para nadie. No podemos trabajar en nada más porque no tenemos permiso de trabajo y, aunque lo tuviéramos, el resto de las cosechas ya no necesitan más trabajadoras». Este año, apenas un 10% de las trabajadoras que han llegado para trabajar en la fresa han podido acogerse al plan de redistribución de la mano de obra hacia otros cultivos.
Por un salario que apenas supera los 900 euros, Kala y sus compañeras han llevado a cabo jornadas maratonianas: «Hemos tenido días muy duros este año. Hemos notado que éramos menos y que el trabajo se multiplicaba a causa del coronavirus». Este año, además, las medidas de prevención del contagio han aumentado la dificultad a la que se enfrentan las jornaleras: «Con los guantes, las manos sudan y recoger la fruta se hace más difícil. Con la mascarilla, además, apenas podíamos respirar dentro de los invernaderos».
Ahora Kala solo piensa en volver a casa con sus hijos: «Me siento sola, impotente y triste. Llevo aquí desde el mes de febrero y necesito verlos porque sé que me necesitan y no sé cuándo podrá ser. Nos han dicho que nos harán las pruebas del coronavirus pero tampoco sabemos cuándo».
La situación de Kala es «una cuestión humanitaria», según ha explicado esta semana la Asociación Onubense de Productores y Exportadores de Fresa y Frutos Rojos, Freshuelva, quien ha exigido al Gobierno que aplique el nuevo Convenio para la Ordenación, Coordinación e Integración Sociolaboral de los flujos migratorios laborales en campañas agrícolas, renovado estos días para los próximos cuatro años: «Es un desplazamiento por motivos laborales y por lo tanto está completamente justificado».
Sin plan de repatriación
Las organizaciones agrarias y los principales sindicatos, Asaja Huelva, Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) y UGT-FICA, han demandado al Gobierno un plan de repatriación urgente para que estas trabajadoras, especialmente para las más de 3.000 que ya han cumplido su contrato, puedan regresar a sus hogares.



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